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Desde la infancia, columna de Rolf Hitschfeld

Si uno es riguroso, hay poca evidencia de que la educación haya sido la palanca iniciadora de cambios a gran escala.

Es una creencia muy extendida que la educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo o para cambiar a la gente que va a cambiar el mundo. Tan de sentido común es, como probablemente errada. Si uno es riguroso, hay poca evidencia de que la educación haya sido la palanca iniciadora de cambios a gran escala, hay mucha más evidencia que temas económicos, políticos y tecnológicos han sido los generadores de dichos cambios. Nelson Mandela, a pesar de su connotada frase, lo sabía, por algo fue político y no educador.

Esto no quiere decir que la educación no importe, o que las escuelas sean meras víctimas de la sociedad. Lo que ocurre es que la relación es más complicada y que para que la creencia fuera cierta, tendríamos que cambiar nuestra concepción de lo que “cuenta” como educación y ver la experiencia diaria que tienen los niños y niñas en nuestro país en diferentes dimensiones. Ya que de lo que también hay amplia evidencia es de cómo los contextos familiares, condiciones de salud, alimentación, vivienda y acceso a recursos, afectan su educación.

Por supuesto que dichas condiciones no son una condena y diariamente se quiebra el destino, siendo superadas adversidades de todo tipo. Existen niñas, niños, jóvenes, padres, educadores y colegios que hacen un trabajo admirable. Sin embargo, esto es muy distinto a decir que en general la educación va a mejorar sin poner atención a otros temas de las experiencias diarias de los niños.

Un ejemplo reciente es el tratamiento que se le ha dado a la infancia en la pandemia. A mediados de agosto recién se les permitió salir de sus casas a los niños en cuarentena. En octubre recién se abrieron parques nacionales en nuestra región. Ese mismo mes por primera vez se habilitó en algunos lugares la alimentación de niños preparada y consumida directamente en las escuelas. Este año han caído a la mitad los controles de “niño sano”. En casi el mismo porcentaje han caído las denuncias de agresiones sexuales, lo que no es una buena noticia en un país en el que ya en 2012 cerca del 9% de los niños y niñas reportaban haber sufrido agresiones sexuales. ¿Quién de nuestras autoridades ha dirigido un solo mensaje a los niños en estos casi 10 meses?

Qué importante y profundo sería que en distintos temas se empezara a mirar más desde los niños y sus experiencias. Poner a las niñas y niños al centro en otras áreas, ampliando lo que “cuenta” como educación, no significa trabajar para que ellos no enfrenten contradicciones y todo les sea fácil, pero es entender que la vida ya es suficientemente complicada como para que además se le dificulte la vida artificialmente por el hecho de invisibilizarlos o postergarlos.

Bajar del trono a la educación como “el arma más poderosa para cambiar el mundo” no es una afrenta a los educadores ni a las instituciones educativas. Por el contrario, es quitarles una mochila tan injusta como falaz, para centrarse en la experiencia de la infancia y en cómo nos hacemos cargo de mejorarla desde múltiples dimensiones al mismo tiempo. Incluida, por supuesto, la escuela, con todas sus responsabilidades.

 

Fuente: El Repuertero

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